Las
personas tienden a callar la mayoría de las cosas que siente, pero acostumbra a
siempre decir lo que piensa, es extraño oír como gritan pensamientos que no
piensan y como peor aún callan sentimientos indispensables, como engañan, como
se engañan, veo las calles un tanto agobiadas por la gente que apresurada
intenta adoptar una postura frente a la vida, mientras las hojas de algunos
árboles caen frente a sus lustrados zapatos o como mis sucias zapatillas las
pisa para poder escuchar ese crujir que me llega hasta el alma, pero volviendo
a mi contexto diario, sigo en el metro sentado, con una guitarra entre las piernas,
y una excelente música de fondo, a medida que la música suena se va haciendo un
eco en mi mente que se repite una y otra vez .Desperté en la estación Carlos
Valdovinos, no me había dado ni cuenta que me dormí.-Ah!, ya pasamos San
Joaquín.- me dije, cuando recuperé mis sentidos en su totalidad, miré
rápidamente a mi alrededor, recordando con la imagen en mi mente las niñas que
me miraban de arriba abajo a penas me subí al vagón, seguían ahí mirándome
riendo sin pensar, sin darse cuenta de nada, siquiera donde estaban paradas. A
pesar de eso decidí cambiar mi destino de esa tarde, ser radical en mi vida
jamás ha sido importante, para mi ser alguien radical y decidido.
Tomo dirección a Baquedano, y sumido en un asiento me ahogo en recuerdos de mis pacíficos diecisiete años, cuando en esa época el chico que podía acostarse con una ingenua y dulce arpía era el que llegaría más lejos en esta vida, cuando mi única novia era la misma de ahora, mi guitarra, cuando no me interesaba nada más allá de lo que puedas imaginar, cuando para mi el mundo era algo de lo que tendría que ser parte queriendo o no, no puedo contener la sonrisa que recorre mi rostro al recordar. Mi casa, tan limpia porque mi mamá era fanática por el aseo, siempre pensé que era una obsesión, más tarde supe que era así, me dijo al llegar de el colegio ese viernes con el clima más perfecto -” Máximo hoy vas a salir?”-, yo sin mirarla y buscando una manzana, le dije -“ Pero mamá si usted sabe que yo no salgo, quizás toque un rato”- dejó de barrer me obligó a mirarla a los ojos, y me dijo con palabras que afloraban desde su corazón agobiado, como cuando la angustia se atora en tu pecho, y un sollozo se escucha desde tu boca para tratar de aliviarte-” Máximo, por Dios, por qué no eres como los otro chicos de tú edad, yo los veo y no pasan en sus casas, y tú aquí siempre encerrado en esa pieza!”-, -“pero tranquila, yo soy así sólo piensa, yo soy feliz con mi soledad.”- no pude evitar ver esas lágrimas que recorrían su rostro, me dolían en lo más hondo de mi pecho, sólo atiné a abrazarla y decirle cosas al oído que a medida de que el cigarro atrofia mi cerebro no puedo recordar. De pronto me desenvolví de aquellos recuerdos y escuché un melódico “Estación Neptuno” tomé mi guitarra, compañera de años, y decidí caminar hasta el parque Salvador, al bajarme del vagón volví a girar la vista a aquellas chicas, que aún me miraban de arriba abajo, pero a decir verdad no me interesaba, cuando salí del agobiante metro atochado de almas que esperan que un vagón decida que será de ellos, mis pasos comenzaron a ser involuntarios, como si mi alma pidiera a gritos mi pronta llegada al parque, - no hay más remedio que apurarse no?- me dije a mi mismo y sonreí, pisando unas hojas de por aquí y de por allá seguí mi camino.
A medida que me aproximaba al parque podía distinguir los árboles, algún niño gritando, las bancas, y el crepúsculo de la tarde que me caía encima, al llegar diviso un gran árbol con ramas que sobresalen del suelo, como si fuese un escape furtivo desde el suelo, me acurruqué en sus ramas y toque a mi fiel amiga, cantando como si estuviese solo en aquel parque “ mother” de Pink Floyd, lloré como lo hago desde hace tres años en este mismo lugar, las lágrimas arrasaban desde dentro de mi organismo, y alborotadas y sin piedad salían de mis ojos, mojaban mi rostro y guitarra. Comencé a caminar al lugar donde realmente iba con la frustración de no haber logrado mi real propósito, de haberle fallado nuevamente a mi mamá. Decidí no tomar más el metro, el olor de las personas me asfixia, caminé, caminé y aunque la suela de mis zapatillas terminará gastada, no me interesa.
Con un Bienvenido al cementerio metropolitano, me acerqué tembloroso y un tanto resuelto a mi nuevo fracaso miré como gente lloraba y otra caminaba tanteando el terreno que los albergará durante lo que reste de su eternidad, tal y como albergaba a mi madre, donde en el suelo yacían sus sueños, anhelos y esperanzas de una vida mejor, donde también se acurrucaba junto a su pecho la felicidad de mi soledad de la que alguna vez le hablé, y ahora es hora de irme, emprender el camino a la que alguna vez fue nuestra casa y ahora era un techo con piezas en las que habitaba un ser desconocido para la sociedad, yo. Sin embargo algo me retuvo, me encandilé en sus ojos marrones perdidos en su cabello, pero lamentablemente no tengo ganas de alucinarme con nada, mi casa me espera y con pasos de fracasado pronto llegaré.
Tomo dirección a Baquedano, y sumido en un asiento me ahogo en recuerdos de mis pacíficos diecisiete años, cuando en esa época el chico que podía acostarse con una ingenua y dulce arpía era el que llegaría más lejos en esta vida, cuando mi única novia era la misma de ahora, mi guitarra, cuando no me interesaba nada más allá de lo que puedas imaginar, cuando para mi el mundo era algo de lo que tendría que ser parte queriendo o no, no puedo contener la sonrisa que recorre mi rostro al recordar. Mi casa, tan limpia porque mi mamá era fanática por el aseo, siempre pensé que era una obsesión, más tarde supe que era así, me dijo al llegar de el colegio ese viernes con el clima más perfecto -” Máximo hoy vas a salir?”-, yo sin mirarla y buscando una manzana, le dije -“ Pero mamá si usted sabe que yo no salgo, quizás toque un rato”- dejó de barrer me obligó a mirarla a los ojos, y me dijo con palabras que afloraban desde su corazón agobiado, como cuando la angustia se atora en tu pecho, y un sollozo se escucha desde tu boca para tratar de aliviarte-” Máximo, por Dios, por qué no eres como los otro chicos de tú edad, yo los veo y no pasan en sus casas, y tú aquí siempre encerrado en esa pieza!”-, -“pero tranquila, yo soy así sólo piensa, yo soy feliz con mi soledad.”- no pude evitar ver esas lágrimas que recorrían su rostro, me dolían en lo más hondo de mi pecho, sólo atiné a abrazarla y decirle cosas al oído que a medida de que el cigarro atrofia mi cerebro no puedo recordar. De pronto me desenvolví de aquellos recuerdos y escuché un melódico “Estación Neptuno” tomé mi guitarra, compañera de años, y decidí caminar hasta el parque Salvador, al bajarme del vagón volví a girar la vista a aquellas chicas, que aún me miraban de arriba abajo, pero a decir verdad no me interesaba, cuando salí del agobiante metro atochado de almas que esperan que un vagón decida que será de ellos, mis pasos comenzaron a ser involuntarios, como si mi alma pidiera a gritos mi pronta llegada al parque, - no hay más remedio que apurarse no?- me dije a mi mismo y sonreí, pisando unas hojas de por aquí y de por allá seguí mi camino.
A medida que me aproximaba al parque podía distinguir los árboles, algún niño gritando, las bancas, y el crepúsculo de la tarde que me caía encima, al llegar diviso un gran árbol con ramas que sobresalen del suelo, como si fuese un escape furtivo desde el suelo, me acurruqué en sus ramas y toque a mi fiel amiga, cantando como si estuviese solo en aquel parque “ mother” de Pink Floyd, lloré como lo hago desde hace tres años en este mismo lugar, las lágrimas arrasaban desde dentro de mi organismo, y alborotadas y sin piedad salían de mis ojos, mojaban mi rostro y guitarra. Comencé a caminar al lugar donde realmente iba con la frustración de no haber logrado mi real propósito, de haberle fallado nuevamente a mi mamá. Decidí no tomar más el metro, el olor de las personas me asfixia, caminé, caminé y aunque la suela de mis zapatillas terminará gastada, no me interesa.
Con un Bienvenido al cementerio metropolitano, me acerqué tembloroso y un tanto resuelto a mi nuevo fracaso miré como gente lloraba y otra caminaba tanteando el terreno que los albergará durante lo que reste de su eternidad, tal y como albergaba a mi madre, donde en el suelo yacían sus sueños, anhelos y esperanzas de una vida mejor, donde también se acurrucaba junto a su pecho la felicidad de mi soledad de la que alguna vez le hablé, y ahora es hora de irme, emprender el camino a la que alguna vez fue nuestra casa y ahora era un techo con piezas en las que habitaba un ser desconocido para la sociedad, yo. Sin embargo algo me retuvo, me encandilé en sus ojos marrones perdidos en su cabello, pero lamentablemente no tengo ganas de alucinarme con nada, mi casa me espera y con pasos de fracasado pronto llegaré.