lunes, 9 de agosto de 2010

Avenida la Paz


Día jueves y la noche le pisa los talones a Jorge, cae sobre él una manta de espanto que cubre su cuerpo por completo, aún más que el rocío que le obsequia el cielo, el palpitar de su corazón agobia a sus otros sentidos pero él intenta mentirse diciéndose a si mismo “nada sucederá” dándole el mayor sentido a sus palabras para que estas suenen totalmente elocuentes y la adrenalina deje de fluir por sus venas.
Él sabe que no puede, su inconsciente dibuja sombras en callejones, agudiza su oído sólo para satisfacer su necesidad de calma momentánea, tan pronto como sus instintos se lo permiten echa un vistazo por encima de su hombro para ver si hay algún psicópata detrás de su chaqueta con parches en los codos pero no hay nada, el joven decide tomar un taxi en la siguiente avenida pues el miedo se lo devoró tal como una serpiente degusta un ratón, pisando rápidamente, saltando las posas de agua instaladas en las calles, para sentirse seguro dentro de un auto, para sentir que la luna no caerá sobre su cráneo haciéndolo estallar en millones de pedazos. Al cruzar la calle algo lo distrae y llama su atención, un niño de unos 7 años, con cabellos castaños, ojos verdosos, piernas cortas, un traje gastado con el tiempo reteniendo en sus brazos un payaso de juguete, el niño era de expresión ausente y perdida. Jorge le preguntó:” ¿te sucede algo niño?”, pero el niño sólo le respondió: “ ¿usted ha visto a mi mamá, ella se llama Sofía’”. Jorge quedó impactado, sumido en recuerdos enterrados para jamás volver.
Él se había jurado jamás volver a hablar ni pensar en eso, era un tema que de tocarlo o sólo sentirlo le provocaba nauseas como si cada respiración lo cortara en pedazos y lo obligase a morir pero sintió que el espacio lo hacía gravitar para volver al mundo real y preguntarle al niño: “¿cómo te llamas?” éste le contestó sin mirarlo a los ojos :”mi nombre es Jorge”, ahora la respiración de Jorge se detuvo los recuerdos ya habían atormentado cada una de sus neuronas, pero aún cabían dudas en su inconsciente, así que decidió invitar al niño un helado.
Tan pronto como llegaron al puesto del anciano heladero, este les preguntó: “ ¿qué sabor desean los jóvenes?” Jorge esperó a que el niño respondiera, este dijo: “disculpe pero ¿tiene sabor tres leches?” era una hecho, Jorge había comprobado, que aquel niño despistado, perdido, de ojos verdosos era él mismo, su mente se perturbó, se atrofió, no respondió a ningún tipo de estimulo, mientras el viejo heladero le decía una y otra vez “ señor usted de cuál sabor desea su helado”, “señor me escucha”, “caballero, ¿se encuentra usted bien?”, mientras Jorge recordaba aquella noche tan perturbadora.
El reloj marcaba algo así como la una de la madrugada, Jorge en ese entonces era un niño de 7 años recién cumplidos, descansaba en su cama junto a su payaso en las manos, aún no conciliaba el sueño, en un abrir y cerrar de ojos, siente por la puerta a su padre borracho como de costumbre, y como también se había hecho una costumbre que se desquitara cualquier tipo de frustración en alguna desviación sexual con él o con su madre, pero aquella noche todo cambió, en un grito repentino, entró Sofía la madre de Jorge y le dice vamos afuera, una vez fuera de la espantosa casa en que se había convertido ese dulce hogar le dice corre hasta donde más puedas, no mires atrás, yo siempre estaré atrás tuyo, sólo confía en mí y así fue hasta que se encontró con un hombre de aspecto perturbado, tímido , alto , ojos verdosos y cabellos castaño, que cruzaba una avenida, tan pronto como recuerda que se vieron , el hombre le preguntó algunas cosas y tomaron un helado de tres leches su sabor favorito, luego al cruzar las calles un camión manejado por un ebrio, los atropelló. Todo esto lo vio desde la avenida la Paz un joven al cual la noche le pisaba los talones, y había entrado en un taxi algo asustado.

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