La ventana del colectivo un poco sucia dejaba entrever
de una manera extraña las caras de los desconocidos, desconfiados y
confundidos.
El asiento estaba roído, un placer un tanto inusual,
las tiritas de hilos rebeldes caían por el cinturón. Mientras el chofer miraba
la hora del celular, yo me detenía en el cielo azul oscuro y misterioso, las
nubes escondían la luna de mi vista
Las caras se fueron, el chofer se fue, los hilitos del
cinturón danzaban entorno a mi pecho.
Volvieron sólo cuando el estruendo de la bocina vecina
sonó.

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