sábado, 8 de enero de 2011

La Espera

Está bien desde el punto de vista de la gente en común, el estado en el que me encuentro ahora es un tanto desafortunado, como los hechos que lo precedieron, pero a decir verdad a mí no me desagrada, pensándolo a mí manera y de una posición más bien abstracta esto se tomaría como una experiencia única, el ver sus cabellos enmarañados por la mañana, sus pies descalzos, sus ojos puros, que sólo cuando la miro con detención sin que ella lo pueda siquiera percibir puedo ver sus destellos de delirio, el mismo que me trajo hasta aquí.
Llevo aquí alrededor de cuatro meses, desde el 22 de Abril que paso mis noches en una cabaña alejada de la “gran ciudad”, que entre frondosos árboles llenos de secretos dificulta la llegada de visitas inesperadas, innecesarias y por supuesto indeseadas, en esta cabaña junto al ser más dócil y frenético, ella, Helena el mismo océano de paz en la habitación o la ráfaga de viento que lo aniquila todo. Lo admito sigo rendido a sus pies, sigo embobado ante sus encantos y emborrachado por su dulce voz, sus ojos simples, su cabellera con el color de la madera, su piel blanca que tiene unas ojeras incrustadas que irrumpen en su perfección, lo que de alguna manera la hace más real, su cuerpo delgado y translucido, ella entera, lo que alguna vez fue mía.
Ayer en la noche salí de su cama impregnada por su olor, dejé de observarla con detención, salí a caminar, me topé con recuerdos imborrables, el cuchillo el que me la arrebató, en mi paso por la cocina sentí deseos de percibir la textura del agua, pero hice a un lado el deseo, porque por experiencia sé que ese arrebato corrompe a cualquier ser y lo deja, quizás, peor que yo. Caminé un poco más y me encontré en el umbral de la puerta del baño, en una química con la realidad y la distorsión, tomé sus pastillas y leí en sus letras negras, cada una afilada, Haloperidol, las dejé donde deben estar siempre, a mano. Es verdad caí en la turbación, me senté frente a mí, me sentí oliendo el indescriptible aroma de las ramas del álamo, me volví a conectar conmigo, sentí deseos de llorarme , de abrazarme, de sentirme vivo y no agobiado por los días que llevó y los que con paciencia deberé llevar. Es imposible que alguien en mi estado sienta frío, pero lo deseé tanto que lo pude sentir calar hondo en mis huesos, sentados en una vieja raíz con la bruma, la humedad, este momento fue desvanecida por un ahogado murmullo que afloró por sus labios, casi inaudible como sus pasos delirantes aquella noche.
-Víctor…
Corrí a ella, la vi en su cama, nuestra cama, retorcida como un gato, sencillamente tenía esa sonrisa, la que me dijo que tendría cuando estuviera lista, me acerqué para observar desde cerca la geografía perfecta, la dulzura, la quietud de su rostro, de golpe abrió sus ojos marrones, esta vez reales, sinceros, frenéticos, expectantes, que de alguna manera gritaron de la forma más radical su esquizofrenia, la que me volvió loco a mí también.
-Víctor sé que estás aquí, te he sentido
Le grité que sí, que siempre estuve ahí con ella, como ella lo pensó, pero no me escuchó. Se preparó un café, encendió un cigarrillo, se sentó en el sillón y comenzó:
-Víctor no sabes cuánto deseo estar contigo, sé que mis actos no tiene marcha atrás, pero recuerda ellos me dijeron que sería la mejor manera de estar juntos, sin vida seremos felices y yo les creo, sé que me esperas, lamento haberte tenido 3 meses para finalmente matarte, pero te expliqué, ellos dijeron que seremos más felices, me crees verdad?.
Atropelló sus palabras en un acto nervioso, derramó café por la alfombra, el cigarrillo temblaba por acto de sus manos inquietas, espero una respuesta que pudiera escuchar, el tiempo lo rellenó con su dulce risita delirante.
Me senté en el sillón de enfrente, me emborraché con el olor de su piel impregnado, mientras ella ponía un disco de Björk , en un compás perfecto a la ocasión sonaba Hunter, desde mi posición vi en su delicada piel que una brisa la envolvió, porque se erizó, ahora sé que es su forma de hacer las cosas, está enferma al fin y al cabo siempre lo supe, fui su enfermero dos años en el centro psiquiátrico y ahora la espero al lado de un álamo, con el corazón en la mano, el corazón que me sacó hace un mes, que sin remedio fue, es y será de ella.
-Víctor eso para mí es un sí, vamos Víctor al álamo, mi corazón estará en tu mano y las pastillas que me llevarán a ti estarán en las mías.
Mientras decía estas palabras las comisuras de su boca formaron un sonrisa, corrió descalza al baño sin paciencia, nerviosa y temblorosa tomó el frasco de Haloperidol abrió la puerta y se entregó a los brazos de la acogedora muerte.
En el velo de su locura, corrió por el bosque, corrió al álamo, se sentó y la pude sentir cerca de mi cuerpo como si me pudiera ver, no pestañó y dijo a centímetros de mi rostro espectral:
.Llévame lejos Víctor donde la locura deje de ser un problema, estoy cansada.
Tomó todos los Haloperidol de a dos con café, dio una calada a su cigarrillo que iba acabar pronto.
Su arritmia creció, su corazón palpitó de forma desembocada hasta que se cansó y sólo de una un segundo a otro dejó de latir dentro de su pecho, mientras que en mi muerta mano se escuchó el palpitar frenético del corazón de una loca que me arrebató el corazón del pecho.

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