Por fin me había enamorado, no no no, estoy mal ya era
la segunda vez que me enamoraba en un sueño. Esta vez de un hombre senil, quizás
unos setenta años, con barba espesa que caía hasta su pecho, blanca igual que
su cabello.
Bailamos, pero en sus ojos noté que no era tan viejo
como parecía ser, era ciertamente agraciado y me amaba de vuelta, pero me
rechazaba sólo porque era mayor que yo.
Sentía el rechazo hondo en mi pecho.
En un salto incomprensible dentro del inconciente,
estaba buscando a mi papá, que había desaparecido por voluntad propia en un
desierto, que se unía con un campo, que conocía de memoria. Aquí está lo
interesante.
Caminaba por el prado de maíz, había marcas rojas y yo
las seguía, era sangre, caminaba como si fuera una araña… en una roca un ciervo
muerto y mi gato cuidándolo.
Corría a buscar a alguien, tiraba todo, veía al ciervo
me sentía perturbada, lo encontraba.
Se escondía en una choza.
El ciervo ya no estaba.

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