sábado, 29 de diciembre de 2012

Todo lo que se ve.





Qué hora era?, había amanecido ya? O simplemente pasó de largo una vez más?
Despertó apenas, mirando a la ventana como danzaban en el cielo unas aves, el crujir de la cama al incorporarse era de una manera u otra apacible, así sabía que estaba en casa.
Pero ya no había nadie más en casa.                                      
Este sería el gran día para él, tendría que preparar todo antes de la llegada, debía bañarse, ordenar, preparar algo para la comida, tenía muchas cosas que hacer esa mañana, la mañana que aún no despertaba, ésa que aún teñida por el profundo azul de la noche dejaba entrever el danzar de alguna aves
Se miró las manos, preguntándose si todo era real o estaba otra vez soñando lo mismo, fue a la cocina a hervir algo de agua, mientras se duchaba, algo rápido, fácil, sin demoras.
El frío era espantoso en ese lugar pero siempre fue así, por lo menos desde que supo cuál era su lugar. Tomó algo cómodo y abrigado desde su mueble, unos pantalones, calcetas de lana, camiseta y chaleco de lana, por ahora sólo le faltaba el café, el pan estaba un poco duro, pero las mandíbulas resistieron el crujir del pan y lo tragó como pudo.
La casa si bien no era amplia resistía el frío y las noches se volvían menos gélidas, bueno menos gélidas excepto cuando estaba ella, recordó esas noches de invierno en donde su más cálido regalo fue abotonar su chaleco nada más, ella nunca le dio nada más quizás una sonrisa que se desvanecía con el pasar del viento.
Prendió un cigarro en medio de toda la oscuridad, recuerdos y frío, mucho frío.
Cavilando entre lo que creía olvidado el ensordecedor pitido de la tetera, lo trajo de vuelta a la realidad, el calor que emanaba del agua recién hervida era gratificante, aunque fuese sólo por instantes lo era.
Esperó en la entrada de la casa, toda de madera, toda vieja, donde el la hierba verde se aferraba a las paredes del exterior, incluso a la pequeña escalera situada justo frente a la puerta principal.  Con café y cigarro en mano, esperó durante horas, horas en las que se fijó en cada detalle de la calle que se fundía con el verde de las hojas y el marrón de sus troncos, en donde el final nunca se veía. Esperó mientras el frío le congelaban los pensamientos y les destruían la esperanza de que por fin su hijo llegaría en el auto con ella, y que podrían jugar un rato adentro, ver los pájaros danzar, tomar un chocolate caliente, leerle un libro en la cama de la había sido su casa. Podría haber seguido allí la noche entera, albergando la idea, de su hijo volviendo a casa pero hacía tanto frío y el cielo era azul, casi negro otra vez.
Iría adentro a hervir un poco de agua, fumaría un cigarro mientras ve las noticias locales, incluso si la desilusión no era mucha, escucharía algo de música mientras se toma el café solo, en la que nuevamente le parece una inmensa casa cada vez más vacía.

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