Desde lo más intocable y cálido de su
corazón salió un grito desesperado y a la vez ofuscado: -Julio! no se vaya
mijito'.
Sin embargo este no miro hacia atrás, lo
más probable sería que jamás volviera a ver a su hijo, arrastrado por vientos
venidos desde la capital, donde rugían leones totalitarios, donde morían las
águilas de la libertad, ahí mismo donde elefantes con sus trompas disparaban
misiles dirigidos a su casa, al seno de Chile.
Julio corría como endemoniado tratando
de no pensar en la vida que dejaba atrás, sabía muy bien que lo buscarían, pero
corría para encontrase cara a cara con los demonios espectrales que lo
buscaban, él sabía que aquellos entes tenían miedo de aquellos que pensaban por
eso no dudaban en soplar las ideas de su cabeza con un tiro certero y agudo.
Olvidando el pasado Julio tomo el bus
directo a Santiago, mirando por la ventana como su madre lloraba a la
distancia. A l mismo tiempo que la señora Rosa conocía el destino de su hijo,
el motivo de sus lágrimas.
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